Es curioso como podemos atribuir a objetos inanimados ciertas cualidades que solo corresponderían a seres vivientes. Así sucede en religiones ancestrales que practican el animismo, doctrina que atribuye un alma a cualquier elemento natural incluso a una montaña o un río. También en religiones más cercanas como el Catolicismo existe la veneración de imágenes que no son sino esculturas o pinturas a las que se les reza, se les habla, se les ofrecen velas o flores, y aunque en teoría la imagen solo representa a una persona santa, lo cierto es que se trata a esas imágenes como algo real. Incluso se les atribuyen leyendas como dilatación de las pupilas (Virgen de Guadalupe) movimientos de la cabeza (Santo Cristo del Nogal) e incluso sangrado de heridas (Santo Cristo de Limpias). Los devotos de esas imágenes les rezan y les hablan como si estuvieran realmente vivas, por mucho que cuando sucede algún accidente y se rompen, queda en evidencia que son puramente yeso o madera.
Todo esto muestra la enorme capacidad de autoengaño que tenemos los seres humanos. Cuando finalmente lleguen los robots a nuestras vidas los trataremos como a humanos en la medida de lo que sea necesario para nuestra supervivencia o para una mejor calidad de vida. Claro que, tratándose de robots, los fabricantes no se limitarán a imitar a un ser humano, sino que aprovecharán a incluir características que superan las de los humanos corrientes (capacidad de cálculo, memoria de almacenamiento, mayor fuerza, grabación de imagen y sonido), como si de una navaja suiza se tratara les incluirán montones de herramientas que harán de ellos una especie de humanos mejorados.
En cierto modo eso me recuerda lo que ha sucedido con el libro electrónico, que tiene sus ventajas: puedes buscar una palabra en un texto de 1.000 páginas y te la encontrará en un segundo. Puedes añadir marcadores, aumentar o disminuir el tamaño de la letra, tener cientos de libros en un solo dispositivo que te cabe en un bolso... Y sin embargo, desde que me compré uno de esos lectores electrónicos aprecio muchísimo más los libros que tengo en papel, aunque pesen, aunque ocupen espacio, aunque sean más caros. ¿Me pasará lo mismo con las personas cuando tenga un robot? Supongo que sí.