¡Niño, estate quieto!
Estaba en una cola detrás de una mujer. En un banco lateral estaba la abuela que cuidaba al hijo de la que esperaba su turno. El niño, que tendría unos 3 o 4 años, comenzó a canturrear.- ¡Cállate niño! -espetó la abuela-
El niño continuó canturreando...me dio la impresión de que subió el tono. Al cabo de unos instantes, no le bastaba el desahogo vocal sino que empezó a dar vueltas
¡Qué divertido! ¡Voy a dar vueltas hasta marearme! ja ja ja
¡Niño! ¡Te vas a caer y te vas a hacer mucho daño! (ni caso, el nietecito seguía dando vueltas como un trompo)
La cola no era demasiado larga, apenas un par de personas. Se tomaban su tiempo pero yo no tenía prisa. El niño me entretenía. Yo también tenía ganas de pegar cuatro gritos y moverme no me hubiera sentado nada mal después de aguantar de pié, rígido como una estátua.
Finalmente, mareado, el niño aterrizó en el regazo de la abuela. Esta comenzó el soborno: "Te daré un caramelo, estate quieto".
Sí, dale una sobredosis de azúcar, como si eso le fuera a ayudar a tranquilizarse, pensé. Mientras tanto comencé a observar al niño, con una ligerísima media sonrisa. La abuela trató de ganar mi complicidad:
¡Estate quieto y sentado aquí! ¿Qué va a pensar este señor?
Yo no me inmuté y continué con la media sonrisa mientras ya uno de los mostradores quedaba libre. Mientras avanzaba escuché a mis espaldas:
¡Este señor pensará que estás como una cabra!
Me tuve que morder la lengua para no responder. Ahora entiendo por qué hay talleres de expresión donde la gente canta, baila y hace cualquier cosa divertida en lugar de sentarse pacientemente, inmóvil y en silencio.
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